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El Siervo de Dios Oscar Amulfo Romero, nació
en ciudad Barrios, departamento de San Miguel (El Salvador), el 15 de
Agosto de 1917. Fue ordenado sacerdote en Roma, el 4 de Abril de 1942,
elevado al Episcopado el 25 de Abril de 1970 y nombrado Arzobispo de
San Salvador el 3 de Febrero de 1977.
Desde su vida de estudiante, de sacerdote joven y de
su ministerio posterior se descubre en él la profundidad enorme
de su vida, de su interioridad, de su espíritu de unión
con Dios, raíz, fuente y cumbre de toda su existencia. Mons.
Romero floreció porque sus raíces estaban cimentadas en
Dios, en Él encontró la fuerza de su vitalidad y la piedra
angular de su fidelidad a la Iglesia y de su amor al Papa.
En medio de una historia de dolor vivió y compartió
con los pobres su fe inquebrantable en el Señor de la Vida, la
esperanza de ver realizada en El Salvador la realidad cristiana de unos
Cielos nuevos y una Tierra nueva y una caridad no sólo anunciada
sino encamada en el destino de los pobres. Con ellos, desde ellos y
para todos proclamó los grandes valores que Dios ha dado a la
humanidad.
Así la opción preferencial por los pobres,
asumida en la carne por el Hijo de Dios el Pobre de Nazaret y proclamada
por la Iglesia Latinoamericana en Puebla, fue para él un modo
particular y especifico de enseñar, vivir y anunciar el Reino
de Dios a los salvadoreños y ser desde ella "la voz de los
sin voz". Esta fue la total realización de su lema episcopal
"Sentir con la Iglesia". Mons. Romero es, para los pobres
de El Salvador, un modelo de pastor que supo estar siempre al lado de
los más necesitados.
Su ministerio arzobispal lo desarrolló en un
clima de acoso constante, amenazante y triturador del pecado y de la
muerte. Un apostolado vivido entre las persecuciones del mundo y los
consuelos de Dios. En este contexto histórico, con la asistencia
del Espíritu Santo, supo custodiar santamente la verdad revelada,
profundizarla y anunciarla fielmente, predicando el Evangelio a todas
las gentes. Una realidad en definitiva, que lo impulsó a proclamar
los principios morales, incluso los referentes al orden social, así
como su juicio sobre cualesquiera asuntos humanos, en la medida en que
se lo exigieron los derechos fundamentales de la persona o la salvación
de las almas. Fue fiel a Dios y al hombre hasta las últimas consecuencias.
El 24 de Marzo de 1980 mientras celebraba la Eucaristía,
en el altar de la Capilla del Hospital La Divina Providencia, Mons.
Romero cayó abatido por un certero disparo al corazón.
Así acabaron con su vida mortal y los fructíferos tres
años de vida pública como Arzobispo de San Salvador. Su
muerte martirial sancionó para siempre su vida y lo han convertido
en una buena noticia para los cristianos de nuestro mundo contemporáneo.
Es el símbolo real de muchos mártires, sobre todo de la
multitud de mártires anónimos, porque su disposición
fue siempre dar su vida por Dios.
COMITÉ CRISTIANO DE SOLIDARIDAD CON LATINOAMÉRICA
NAFARROA
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