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Meditación cristiana para el XXV aniversario - Jon Sobrino
El XXV
aniversario del martirio de Monseñor Romero hay que celebrarlo
bien.
Unos no lo harán, los que le insultaron en vida
y celebraron con champán su asesinato, aunque ahora están
más comedidos y se muestran como condescendientes y comprensivos
ciudadanos. Y como también son populistas, si es necesario, irán
a Roma cuando lo beatifiquen, pues captan que Monseñor es querido
por muchos salvadoreños.
Otros se alegrarán de celebrar un año más
a Monseñor. Lo recordarán de corazón, participarán
en eucaristías, charlas y conferencias, exposiciones y conciertos,
y en la gran vigilia del 2 de abril. Lucirán camisetas con su figura,
pondrán un afiche en su casa y escucharán su palabra por
la YSUCA. De fuera vendrán centenares, y en total serán
miles los que participen en el aniversario. Y nada digamos si se da alguna
señal de que la beatificación puede estar cerca. Pero, con
todo, todavía falta una cosa, que queremos explicar, recordando
lo ocurrido tras la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.
Los primeros cristianos celebraban su recuerdo en la eucaristía,
entonaban himnos en su honor, desarrollaron una teología llena
de entusiasmo, le empezaron a llamar "Señor", "Hijo
de Dios", "Cabeza de la creación", y tenían
la esperanza de su pronta venida. Pero los cris-tianos más clarividentes
vieron que "sólo" eso no bastaba. Más aún,
que "sólo" eso era peligroso. Y entonces apareció
Marcos con su evangelio. Vino a "molestar" a cristianos demasiado
complacientes, y nada digamos a cristianos que se habían olvidado
de Jesús, y hasta renegaban de él, como ocurría en
la comunidad de Corinto porque habían encontrado otra cosa mejor:
un vaporoso espíritu.
El evangelio de Marcos, por supuesto, "celebra"
a Jesús y le llama "Hijo de Dios", pero no pone la invocación
en labios de gente piadosa que espera prodigios, sino sólo en labios
de un pagano, el centurión romano, y al pie de la cruz. También
le llama "Mesías", pero, cuando eso ocurre, Jesús
dice a la gente que no lo digan a nadie. Marcos nos dice también
que la fe en Jesús no fue nada fácil, ni para sus familiares,
ni para los discípulos -en especial para Pedro-, y ciertamente
no lo fue para los teólogos y sacerdotes de aquel tiempo. Por último,
su evangelio termina abruptamente en Mc 16, 8: junto a la tumba las mujeres
"tuvieron miedo y no dijeron nada a nadie". Tan chocante fue
ese final que, más tarde, se le añadieron unos versículos
para amortiguar el susto.
¿Por que traer a colación a Marcos en este
XXV aniversario? Para aprender una importante lección. No basta
la celebración ni la alegría, aunque son bienvenidas como
brisa de aire fresco en medio de tantos sufrimientos de la vida. Ni siquiera
bastará el aplauso que responderá al anuncio de su posible
beatificación. Y si no basta, ¿qué es lo que falta?
Volvamos a Marcos. El Jesús que no está interesado en que
le llamen Mesías, sí está interesado en una cosa:
el seguimiento.
Volvamos a Monseñor Romero. Celebrarlo significa
ante todo "seguirle". ¿Y cómo hacerlo? En primer
lugar, hay que pasar por el cambio -o conversión- por el que él
pasó. Y en segundo lugar hay que rehacer su vida. Ambas cosas son
difíciles, pero son necesarias para el país y para la Iglesia
-en lo que ahora nos vamos a centrar- y traen salvación. Por lo
que toca a la "conversión", baste con recordar las siguientes
palabras:
"El profeta denuncia también los pecados internos
de la Iglesia. ¿Y por qué no? Si obispos, papa, sacerdotes,
nuncios, religiosas, colegios católicos estamos formados por hombres,
y los hombres somos pecadores y necesitamos que alguien nos sirva de profeta
para que nos llame a conversión... Sería muy triste una
Iglesia que se sintiera tan dueña de la verdad que rechazara todo
lo demás. Una Iglesia que sólo condena, una Iglesia que
sólo mira pecado en los otros y no mira la viga que lleva en el
suyo, no es la auténtica Iglesia de Cristo" (Homilía
del 8 de julio de 1979).
Y tras la conversión, la praxis. No es el momento
de exponer en detalle cómo debe ser la praxis de una Iglesia fiel
a Monseñor Romero, pero podemos mencionar los impulsos de lucidez,
ánimo, firmeza, resistencia y esperanza que de él nos llegan.
Como seguidores de Monseñor, hay que decir la verdad,
no sólo predicar una doctrina, aunque sea verdadera. Y entonces
la verdad se convierte en denuncia profética de los males que existen
en el país, se nombra a los victimarios y a las victimas. Aunque
algo han cambiado las cosas en estos 25 años, Monseñor Romero
nos sigue remitiendo a los ámbitos donde campea el mal: 1) la idolatría
del dinero, la oligarquía antes agrícola, ahora financiera,
2) la idolatría del poder militar, más latente aquí
y más patente en Estados Unidos, a lo que hay que añadir
la espantosa violencia actual -de 8 a 10 homicidios diarios en los últimos
tiempos, 3) la connivencia de unos partidos políticos con la injusticia
y la irresponsabilidad de la mayoría de ellos ante la miseria y
el sufrimiento, a lo que hay que añadir la corrupción, 4)
el imperialismo de Estados Unidos, en el comercio, en nuestra política
internacional y, sobre todo, en los pseudovalores que nos impone: individualismo,
éxito, buen vivir, 5) la corrupción de la administración
de justicia, que no ha esclarecido todavía ni siquiera quién
mató a Monseñor, 6) los medios de comunicación, con
la mentira, las verdades a medias, el encubrimiento, según los
casos, 7) el falseamiento de la religión, el espiritualismo exagerado,
que no es
la vida con espíritu; el individualismo alienante, que no es la
apropiación personal de la fe; el gregarismo que llena estadios,
que no es la comunidad y el llevarse mutuamente; la infantilización
de lo religioso, que no es la sencillez -como niños- ante el misterio
de Dios.
Hay que volver a una praxis, la de la misericordia, señal
última de nuestro ser cristiano, y volver a promover la justicia,
la transformación de estructuras. Hay que recuperar la opción
por los pobres, en serio, sin aguarla, arriesgando por ella, recordando
y honrando a quienes la vivieron hasta el final: nuestros mártires.
Hay que recobrar la parcialidad de Dios y de su Cristo hacia los pobres
de este mundo.
Hay que recuperar la evangelización, en el sentido
primigenio que tiene en Jesús: el anuncio de una buena noticia
a los pobres, sin que la novedad en métodos y lenguaje sustituya
a lo esencial. Hay que anunciar ese reino con credibilidad, sin pensar
que hay cosas más importantes que hacer, algunas de ellas buenas,
como la vida sacramental; otras ambiguas, como el sinnúmero de
concentraciones, fiestas, jubileos, años dedicados a algo, de modo
que todo eso se acumula como si hubiese un horror vacui, un miedo a dejar
vacíos en el tiempo, lo que puede acabar ocultando la buena noticia
de Jesús. Y otras son peligrosas y pueden llegar a ser pecaminosas:
proselitismo competitivo, buscar triunfos, basarse en apoyos financieros
en los ricos de este mundo.
Hay que recuperar y promover la organización del
pueblo, en la sociedad y en la Iglesia. No hay por qué volver a
los años 80, pero sí hay que volver a la intuición
fundamental: como Iglesia somos antes que nada comunidad, cuerpo; y para
influir en la sociedad desde la base esa comunidad debe estar estructurada,
organizada, relacionada con otras fuerzas sociales. Es difícil,
pero por lo menos hay que pen-sarlo e intentarlo.
Comenzamos así, pues en esto cojeamos, siendo así
que en eso era eximio Monseñor, y no se ve cómo podemos
celebrarlo sin al menos plantearnos estas cosas. Pero sobre todo hay que
levantar el espíritu de la gente. Dicho con sus palabras, hay que
llevar cercanía: "¡Cómo me da gusto en los pueblecitos
humildes que las gentes y los niños se agolpan a uno, vienen a
uno!" (12 de agosto, 1979). Consuelo: "Para mí son nombres
muy queridos: Felipe de Jesús Chacón, `Polín'. Yo
les he llorado de veras" (15 de febrero, 1980). Dignidad: "Ustedes
son el divino traspasado" (19 de julio, 1977). Gozo: "Con este
pueblo no cuesta ser buen pastor" (18 de noviembre, 1979). Esperanza:
"Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor no será
en vano" (27 de enero, 1980). Y todo eso con humildad: "Yo creo
que el obispo siempre tiene que aprender del pueblo" (9 de septiembre,
1979) y con credibilidad: "El pastor no quiere seguridad mientras
no se la den a su rebaño" (22 de julio, 1979). Es el consuelo
que nace de la compasión, el gozo que nace de la cercanía
y la solidaridad, la esperanza que nace de la credibilidad.
Todos sabemos cuán difícil es esto, pero
en este aniversario al menos no lo declaremos imposible, y pidamos que
ésta sea nuestra utopía. Monseñor ni ofreció
ni ofrece recetas, pero sí ofrece caminos, luces, impulsos.
Muchas otras cosas se pueden decir sobre cómo celebrar
este XXV aniversario. Sólo queremos añadir una última
cosa, de la que sólo pueden hablar "con autoridad" quienes
han vivido situaciones cercanas a la de Monseñor. A mediados de
los años ochenta las madres de desaparecidos me pidieron que dijera
una misa para recordar a Monseñor Romero. Cuando estaba para salir
de mi casa, una sencilla tra-bajadora de la UCA me dijo: "en la misa
de Monseñor, recuerde a mi hijo". Su hijo había sido
asesinado por los cuerpos de seguridad. Pensar que estaba con Monseñor
era su mayor consuelo.
No sabemos que ocurrirá dentro de otros 25 años,
pero todavía hoy hay mucha gente que el 24 de marzo recuerda a
sus hijos e hijas, esposos, padres, hermanos y hermanas, que también
fueron asesinados. Y piden a Monseñor que ahora cuide de ellos.
A ese Monseñor le hablan como se habla a un padre. Quizás
le piden favores, milagros, pero pienso que no lo hacen porque ven en
Monseñor a un santo "milagrero", con poder, sino porque
ven a un hombre bueno, alguien que les quiere de verdad. Sigue siendo
para ellos buena noticia. Eso ocurre "en lo escondido", pero
es lo más importante, pienso, en este XXV aniversario.
Jon Sobrino
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